
Revista multidisciplinaria
investigación Contemporánea ISSN-e: 2960-8015Vol. 4 -No. 4
DOI: https://doi.org/10.58995/redlic.rmic.v4.n4.a230 129 - 144
Rodríguez et al. Voces que enseñan: oralidad cañari, memoria colectiva e identidad cultural
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dos propios de interpretar el mundo y de
educar a las nuevas generaciones.
La preocupación por la oralidad se ha
intensicado en el marco de la Década
Internacional de las Lenguas Indígenas
2022–2032. UNESCO (2022a) plantea que
las lenguas indígenas son portadoras de
sistemas de conocimiento, memoria histó-
rica y diversidad cultural, por lo que su
revitalización exige acciones educativas,
comunitarias y digitales articuladas. De
manera complementaria, la Organización
de las Naciones Unidas (2022) advier-
te que el uso de lenguas indígenas en la
educación formal latinoamericana toda-
vía enfrenta debilidades normativas, cu-
rriculares y pedagógicas. Por ello, hablar
de oralidad no signica volver nostálgica-
mente al pasado, sino reconocer una base
viva para la justicia cultural y lingüística.
Calderón Álvarez (2022) sostiene que
la tradición oral, cuando ingresa al aula,
permite articular identidad, comunica-
ción y reconocimiento cultural, siempre
que no sea tratada como un recurso deco-
rativo. Castellanos Monroy (2024) añade
que su uso sistemático puede fortalecer
competencias comunicativas al vincular
escucha, narración y producción de sig-
nicados. En la misma línea, León & Pa-
bón (2024) muestran, a partir de una re-
visión sistemática, que el uso pedagógico
de relatos, leyendas y saberes ancestrales
favorece la relación intergeneracional y la
interculturalidad. Cárdenas López y Her-
nández-Hernández (2024) profundizan
esta lectura al señalar que la recuperación
de la memoria oral contribuye a procesos
de identicación cultural, autoestima co-
lectiva y pertenencia educativa.
La literatura reciente sobre saberes in-
dígenas coincide en que el problema no
consiste solo en añadir contenidos cultu-
rales al currículo, sino en transformar la
relación entre escuela, comunidad y co-
nocimiento. Da Silva et al. (2024), en una
revisión sistemática sobre integración de
conocimientos indígenas en la escuela,
muestran que estas experiencias ganan
valor cuando reconocen la legitimidad
epistémica de los saberes comunitarios y
no los subordinan a la lógica escolar domi-
nante. En un sentido afín, Castro Forero et
al. (2023) sostienen que la enseñanza de la
oralidad requiere metodologías situadas,
especialmente en contextos rurales, don-
de la palabra cumple funciones comunica-
tivas, identitarias y pedagógicas.
En América Latina, el Fondo de las Na-
ciones Unidas para la Infancia [UNICEF]
(2021) advierte que la educación inter-
cultural bilingüe ha enfrentado avances
y retrocesos, especialmente por desigual-
dades estructurales que se intensicaron
durante la pandemia. Näslund-Hadley y
Santos (2022) muestran que las brechas
educativas de niñas, niños, jóvenes y
adultos indígenas no se explican solo por
el acceso escolar, sino también por la per-
tinencia lingüística, cultural y pedagógica
de las oportunidades formativas. Esta dis-
cusión es relevante para Ecuador, donde
Espinoza & Ley (2020) identican una dis-
tancia persistente entre los marcos norma-
tivos de interculturalidad y las prácticas
escolares efectivas.
La educación superior tiene una res-
ponsabilidad particular en este debate
porque forma a quienes luego diseñarán
experiencias de aprendizaje en la escuela.
Krainer (2023) señala que el diálogo in-
tercultural en universidades ecuatorianas
todavía se expresa en experiencias inci-
pientes, aunque abre posibilidades para
investigar con el estudiantado nuevas
formas de conocimiento y fortalecimiento